Andrea Ávila
Primer puesto en Cuento corto en el concurso de cuento y poesía inspirado en la exhibición “Encuentro de Diego Rivera y Henry Moore” de la National Gallery of Canada (NGC). La convocatoria fue realizada por FILibro Canadá en colaboración de la NGC.
Fantasía de un encuentro
El ojo experto de Henry Moore pasea sobre el lienzo, lo analiza, lo acaricia: obsesionado recorre la superficie de esa espalda, los tonos que le dan el brillo de la arcilla y moldean la cadera, la línea contundente de la breve cintura. La blancura de los alcatraces le conmueve menos que la negrura del cabello o la perfección de las manos que abrazan ese inmenso ramo. Se pierde en la elegancia de la nuca y en las olas formadas por los brazos y los hombros, admira la composición.
Rivera no está en el estudio. Moore prefiere levantarse antes que su anfitrión y dejar a su ojo libre para analizar cada pincelada, trazo, matiz. Para descarnar la técnica. El evento se ha convertido en un ejercicio detectivesco, pero también amoroso. Mientras el ojo técnico de Moore se detiene en cada punto, desentrañando el proceso creativo que da a luz una forma simple, pero hipnótica, el corazón del escultor se enternece con la suavidad de la efigie de la joven que ocupa el centro de la imagen. Se ha sorprendido a sí mismo pensando, que voltee ahora, que me mire, que me deje ver sus penetrantes ojos oscuros.
El ojo curioso de Moore viaja ahora por el estudio del pintor, repleto de figurillas prehispánicas. Confirma que la piedra primigenia guarda una rígida solemnidad, conquistada por los artistas de esta parte del mundo. Cuántas veces se ha transportado, con la imaginación, al sur de México para dejarse seducir por la perfección del chac-mool y reinterpretarla en sus figuras reclinadas. Moore no puede impedir que su ojo vuelva a la pintura del desnudo, que le habla de la sedosidad de esa piel de barro.
Rivera entra en el colorido estudio. Desde la puerta mira al escultor, quien no ha reparado aún en su presencia. Taimado, se regocija ante la oportunidad de alterar el espíritu flemático de su invitado inglés y llama en voz apenas por debajo del grito, ¡hola, Henry!, ¿otra vez saludando a los alcatraces?
Moore pega un brinco, sobresaltado. Su ojo enamorado se siente descubierto, su piel se tiñe de rojo. Buenos días, Rivera, me gusta estudiar este cuadro, posee toda la magia que persigo, la solidez del barro, que es semejante a la densidad de la piedra y la elocuencia del trazo único. No te hagas, Henry, también te encanta la muchacha, no serías el único que se enamoró de Nieves Orozco a causa de mis cuadros, si no fuera una muchacha casada, quién sabe, Henry, quién sabe...
Hombre de familia, el inglés se siente incómodo con el lenguaje desparpajado del pintor. El humor abrupto del mexicano le es completamente incomprensible. Aunque admira el talento indiscutible del muralista, no deja de sentir cierta incomodidad ante la presencia rotunda de esa leyenda del arte.
Mira, Henry, el arte es así, uno no se puede despegar de la carne, de la emoción que sale de acá, dice Rivera agarrándose el sexo con dificultad sobre el voluminoso vientre. La pasión por la modelo se revela en el cuadro, te la lleves o no a la cama, ¿o qué?, ¿la espalda de Nieves solamente te inspira a echar cálculos de cuánto metal necesitas para hacerle su escultura?
Por favor, Rivera, presénteme a su modelo, necesito conocerla, ella posee todos los secretos de la figura femenina originaria, combinación de Africa y América, cuna de la humanidad y futuro de ésta, si Nieves modela para mí, puedo fundir estas ideas en una obra magna. Pues sí, Henry, yo con mucho gusto te la presentaba, pero se casó con un gringo y se fue del país, el tipo es un millonario, un Vanderbilt, y no creo que le guste la idea de que vuelva a modelar, hazle como yo, consíguete otra chamaca, jovencita, como cuando me trajeron a Nieves, un rostro desconocido, tú la inventas, tú le das ese sentido artístico que me platicas, tú la creas, la haces famosa y te lo va a deber todo, como Nieves me lo debe a mí.
Molesto con lo que escucha, el escultor toma su saco tendido sobre la silla más cercana y se dispone a salir del estudio, pero se detiene, enfrenta al pintor desde su altura. Baja un poco la cabeza para que su ojo crítico se clave en los ojos del otro. Usted, Rivera, no la creó, a usted lo inventaron las mujeres, ellas no le deben nada, usted les debe todo. Moore sale perseguido por la tosca carcajada del artista.
El ojo experto de Henry Moore pasea sobre el lienzo, lo analiza, lo acaricia: obsesionado recorre la superficie de esa espalda, los tonos que le dan el brillo de la arcilla y moldean la cadera, la línea contundente de la breve cintura. La blancura de los alcatraces le conmueve menos que la negrura del cabello o la perfección de las manos que abrazan ese inmenso ramo. Se pierde en la elegancia de la nuca y en las olas formadas por los brazos y los hombros, admira la composición.
Rivera no está en el estudio. Moore prefiere levantarse antes que su anfitrión y dejar a su ojo libre para analizar cada pincelada, trazo, matiz. Para descarnar la técnica. El evento se ha convertido en un ejercicio detectivesco, pero también amoroso. Mientras el ojo técnico de Moore se detiene en cada punto, desentrañando el proceso creativo que da a luz una forma simple, pero hipnótica, el corazón del escultor se enternece con la suavidad de la efigie de la joven que ocupa el centro de la imagen. Se ha sorprendido a sí mismo pensando, que voltee ahora, que me mire, que me deje ver sus penetrantes ojos oscuros.
El ojo curioso de Moore viaja ahora por el estudio del pintor, repleto de figurillas prehispánicas. Confirma que la piedra primigenia guarda una rígida solemnidad, conquistada por los artistas de esta parte del mundo. Cuántas veces se ha transportado, con la imaginación, al sur de México para dejarse seducir por la perfección del chac-mool y reinterpretarla en sus figuras reclinadas. Moore no puede impedir que su ojo vuelva a la pintura del desnudo, que le habla de la sedosidad de esa piel de barro.
Rivera entra en el colorido estudio. Desde la puerta mira al escultor, quien no ha reparado aún en su presencia. Taimado, se regocija ante la oportunidad de alterar el espíritu flemático de su invitado inglés y llama en voz apenas por debajo del grito, ¡hola, Henry!, ¿otra vez saludando a los alcatraces?
Moore pega un brinco, sobresaltado. Su ojo enamorado se siente descubierto, su piel se tiñe de rojo. Buenos días, Rivera, me gusta estudiar este cuadro, posee toda la magia que persigo, la solidez del barro, que es semejante a la densidad de la piedra y la elocuencia del trazo único. No te hagas, Henry, también te encanta la muchacha, no serías el único que se enamoró de Nieves Orozco a causa de mis cuadros, si no fuera una muchacha casada, quién sabe, Henry, quién sabe...
Hombre de familia, el inglés se siente incómodo con el lenguaje desparpajado del pintor. El humor abrupto del mexicano le es completamente incomprensible. Aunque admira el talento indiscutible del muralista, no deja de sentir cierta incomodidad ante la presencia rotunda de esa leyenda del arte.
Mira, Henry, el arte es así, uno no se puede despegar de la carne, de la emoción que sale de acá, dice Rivera agarrándose el sexo con dificultad sobre el voluminoso vientre. La pasión por la modelo se revela en el cuadro, te la lleves o no a la cama, ¿o qué?, ¿la espalda de Nieves solamente te inspira a echar cálculos de cuánto metal necesitas para hacerle su escultura?
Por favor, Rivera, presénteme a su modelo, necesito conocerla, ella posee todos los secretos de la figura femenina originaria, combinación de Africa y América, cuna de la humanidad y futuro de ésta, si Nieves modela para mí, puedo fundir estas ideas en una obra magna. Pues sí, Henry, yo con mucho gusto te la presentaba, pero se casó con un gringo y se fue del país, el tipo es un millonario, un Vanderbilt, y no creo que le guste la idea de que vuelva a modelar, hazle como yo, consíguete otra chamaca, jovencita, como cuando me trajeron a Nieves, un rostro desconocido, tú la inventas, tú le das ese sentido artístico que me platicas, tú la creas, la haces famosa y te lo va a deber todo, como Nieves me lo debe a mí.
Molesto con lo que escucha, el escultor toma su saco tendido sobre la silla más cercana y se dispone a salir del estudio, pero se detiene, enfrenta al pintor desde su altura. Baja un poco la cabeza para que su ojo crítico se clave en los ojos del otro. Usted, Rivera, no la creó, a usted lo inventaron las mujeres, ellas no le deben nada, usted les debe todo. Moore sale perseguido por la tosca carcajada del artista.
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Felicitaciones a Andrea Ávila por ser ganadora con su cuento corto "Fantasía de un encuentro" en el concurso de cuento y poesía inspirado en la exhibición “Encuentro de Diego Rivera y Henry Moore” de la National Gallery of Canada (NGC).
La convocatoria fue realizada por FILibro Canadá en colaboración de la NGC. Más información La autora está invitada a leer su obra en la NGC Jueves 1 de octubre 5 pm - visitar la Sala C216 donde está la exhibición y a las 6 pm en el Foyer en el primer piso para el evento literario. 380 Sussex Drive, Ottawa Andrea Ávila nació en México y reside en London, Ontario. Llegó a Canadá en el 2008 para realizar un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Western Ontario. Desde entonces se ha desempeñado como instructora de español, paciente simulada para estudiantes universitarios, y otras actividades en educación. Es autora del libro de crónicas Con dolor en el termostato. Actualmente se dedica a escribir y traducir (principalmente teatro) y participa como actriz en producciones de teatro comunitario.
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